Pedro Delgado estaba enfadado consigo mismo. No debía haber aceptado atender al paciente que tenía tumbado en el sofá, pero allí estaba. El hombre había sido tan persuasivo que había conseguido que lo atendiera a la hora de la comida. En sus treinta y tres años de profesión, treinta de ellos en Argentina, de donde era originario y los tres que llevaba en Madrid, alguna vez había aceptado atender a un paciente a la hora de la comida, pero eran casos muy especiales. Ahora, estaba muy molesto con la situación, pensaba que estaba solo con el hombre y mientras, su ayudante comiendo tranquilamente.
El paciente se levantó y fue a la ventana. El psicoanalista lo miró. Debía tener veinticinco o veintiséis años, era alto, al menos un metro ochenta. Tenía el pelo castaño muy oscuro y peinado hacia atrás y dejaba que unas finas patillas llegarsen hasta la mandíbula. Sus cejas eran anchas y estaban casi juntas, debajo, sus ojos eran grandes y muy marrones. La nariz era recta y pequeña, los labios ligeramente gruesos y su barbilla indicaba que era una persona voluntariosa. Se fijó en la oreja, pequeña y bien dibujada. El hombre estaba vestido de oscuro, unas deportivas negras, un vaquero azul marino y una cazadora de cuero negro que dejaba entrever el cuello de un polo azul marino. Dijo llamarse Antonio Molina y en ese preciso momento hablaba.
– ...no tuve una infancia muy buena, es más, yo diría que fue más bien mala. Mi madre tenía que trabajar para sacarnos adelante a mis hermanos y a mí, eso era muy duro para ella. Mi padre se borró de nuestras vidas y nunca lo volvimos a ver. Mi tío nos cuidaba, el hermano de mi madre...
– Lo dices con amargura, ¿tuviste una mala experiencia con él?
– Era un auténtico cabrón, abusaba de nosotros. Primero abusó de mí. Yo era un niño rebosante de vida, inquieto como cualquier otro niño, pero ese cerdo repugnante se aprovechó de mi corta edad e hizo lo que le vino en gana conmigo. Me volví un niño desconfiado y desagradable. Comprendí lo que pasaba, un día que vi a mi tío encerrarse con mi hermana pequeña en el dormitorio. Entonces me juré...
– ¿Y qué fue lo que te juraste?
– Tenía un hermoso canario que cantaba como los ángeles – continuó el joven, haciendo oídos sordos a la pregunta del psicoanalista. – Un día metí la mano en la jaula y lo cogí. Apreté y apreté, hasta que el animalillo murió asfixiado. Mi carácter fue cambiando y cada vez que mi tío cogía a mi hermana, yo me iba de casa para no saber lo que pasaba. Había hermosos gatos rondando por el barrio y no temían acercarse a los vecinos. Con el tiempo, ninguno de ellos se acercaba a mí, salían corriendo al verme.
– ¿Y por qué ocurrió eso?
– A algunos les cortaba la cabeza, a otros les prendía fuego en vida, otros tenían una muerte más dulce, los colgaba por el cuello… – el joven miraba la calle, podía ver frente a él las dos torres del edificio de Telefónica, a la izquierda, la torre Europa de Caja Madrid y aún más a la izquierda, conseguía ver la avenida Concha Espina y un poco del estadio Santiago Bernabéu.
– ¡Es horrible eso que dices! – exclamó el galeno.
– Sí, es horrible.
– Dejemos tu infancia, cuéntame a que te dedicas.
– Tengo un trabajo un poco especial...
Al ver que Antonio se quedaba callado, el psicoanalista lo alentó.
– Sigue, te escucho, tienes un trabajo especial...
– Sí, me divierte.
– ¿Entonces tienes un buen trabajo?
– Sí y en eso influyó el cabronazo de mi tío.
– No será tan mala persona cuando consiguió que tuvieras un buen empleo.
– ¡Oh no! No fue una buena persona, no lo llamo hijo puta porque mi abuela no tiene culpa de nada, pero eso es justo lo que es. Aunque, en una cosa tiene razón, consiguió que tuviera un buen trabajo. Es más, fue mi primer cliente.
– ¿Y cómo fue eso?
– Me ha preguntado antes que fue lo que me juré.
El médico movió la cabeza de arriba abajo y viceversa.
– Me juré matarlo – dijo en voz baja.
El psicoanalista se quedó con la boca abierta.
– Sí, con la edad de ocho años decidí matarlo. Un asqueroso cerdo como él no merecía vivir. Pasaron los años y me volví un chico fuerte y peligroso. Con quince años ya tenía esta estatura y era casi tan fuerte como lo soy hoy en día, además, llevaba mi navaja... Mi tío vivía en una casa baja en la zona vieja de la ciudad y una tarde fui a su casa. El cabrón se alegró de verme, no sé lo que pensaba, quizá creyó que iba a poder meterme mano otra vez. Enseguida lo desengañé. Nada más cerrar la puerta, saqué la navaja. El cerdo de mi tío que estaba de espalda, al oír el ruido que hizo al abrirse se dio la vuelta. Entonces, sin decir nada, le pegué un corte en la garganta. Salió un chorro de sangre, parecía un gorrino desangrándose. Después, me agaché y le di otro corte justo debajo de la rodilla, en la parte posterior, ésta no lo sostuvo y cayó al suelo. Era justo lo que quería. Esa fue su perdición. Lo hice sufrir como a los gatos que atormenté años antes. Después, simulé un robo y salí de allí. Nunca descubrieron que fui yo.
El galeno lo miraba horrorizado, tenía la boca seca y no podía emitir sonido alguno, el joven continuó:
– Ahora, gracias a mi tío, soy uno de los asesinos a sueldo más cotizados de Madrid. Y tengo en este momento un contrato en marcha – miró al psicoanalista derecho a los ojos –, eres tú.
Sacó una automática de un arnés del interior de su cazadora, de un bolsillo sacó un silenciador y lo enroscó. El médico lo miraba atónito, estaba clavado en su sillón sin poder moverse, la mirada fija en la pistola oscura. El asesino lo apuntó a la cabeza y disparó dos veces. La pared se manchó de rojo y el psicoanalista quedó con la cabeza sobre el pecho, chorreando sangre. El asesino guardó la pistola en su funda y se fue sin mirar atrás.
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