El Astro Rey

   
 


 

 

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Capítulo I

 

          En 1983, el primero de enero, mi amigo Didier Ilater y yo estabamos preparados para tomar la salida desde la plaza de la Concorde de París en dirección a Dakar, la capital senegalesa. Desde que en 1978 supimos de la exiztencia del famoso rally París-Dakar, nos pareció la mejor aventura que se pudiera hacer en esa época. Y por eso decidimos con varios amigos participar en la carrera algún día. En ese año que empezaba, mi amigo Didier y yo, Eusebio Prados, aún no habíamos cumplido los veinte años. Y ahí estábamos, en medio de la plaza de la Concorde, rodeados de gente y de flashes.
          
          Yo era hijo de emigrantes españoles. Mis padres habían emprendido un viaje de un año, pero doce años más tarde aún seguíamos en Francia. Didier y yo eramos como hermanos, nos criamos juntos desde que llegamos a París. Él era hijo de corsos que llevaban afincado en la capital muchos años. Otro de nuestros amigos era un italiano que también conocíamos desde la época que íbamos a la guardería, Gino Manfredi. Él tampoco había cumplido los veinte años y también era emigrante. Ahí estaba, junto a Abdel Rissa. Abdel, al igual que nosotros también era emigrante. Lo conocimos cuatro años antes y los cuatro hicimos una gran amistad. Siempre estábamos juntos y cuando decidimos emprender esta aventura, los dos nos dieron todo su apoyo.
          
          Didier, al igual que yo, era un chico alto, de más de metro ochenta, el pelo negro le caía en dos olas hacia los lados de una cabeza algo gruesa. Sus ojos también eran muy negros, llevaba unas gafas redondas de montura metálica sobre una nariz chata bastante grande. Sus labios eran gruesos y tenía una fina pelusilla de pelo sobre el labio superior. También tenía bastantes lunares en la cara y su piel era muy blanca. Su cuerpo era fibroso, pero no fornido.
          
          Gino era un poco más pequeño que nosotros, llegaba justo al metro ochenta. Tenía el pelo casi rubio y siempre despeinado. Sus ojos eran claros, casi grises, bajo unas cejas gruesas y del color del pelo. Tenía la nariz pequeña y respingona, los labios eran delgados y solía llevar barba de tres días, en general su rostro era bastante redondo. El color de su piel era tostado y además era el más fornido de los cuatro.
          
          Abdel era también muy alto, pero era el más delgado. Aunque, al igual que Didier era fibroso. Su pelo era hirsuto, rizado y muy negro, lo llevaba bastante corto. Tenía los ojos pequeños, juntos y negros. Su nariz era bastante grande y caída y sus labios eran gruesos. La forma de su rostro recordaba a una almendra y su tez era muy morena.
          
          En cuanto a mí, en aquella época, era el más alto, por poco superaba a Didier. Tenía el pelo castaño y lo llevaba corto. Mis ojos eran marrones, bajo unas cejas gruesas y casi juntas. Mi nariz era recta y tenía el labio superior ligeramente más grande que el inferior. Tenía un hoyuelo en el mentón y la forma de mi rostro era algo cuadrada debido a mi mandíbula. Era bastante blanco y aunque era fornido, no lo era tanto como Gino.
          
          En 1982 yo trabajaba de albañil en un edificio cercano a la plaza Vendôme, bueno de peón de albañil. No ganaba mucho dinero, pero gracias al permiso de mis padres lo fui ahorrando. Didier por su lado, trabajó de mensajero y como su madre, que ya estaba divorciada de su padre, no le pedía ningún dinero, también lo fue ahorrando.
          
          En verano, cuando llegó el mes de agosto y nos dieron las vacaciones, los dos nos despedimos. Con el dinero que teníamos ahorrado y con la ayuda del tío de Didier, compramos dos Renault cuatro de segunda mano. Su tío siempre tenía un Renault cuatro, cuando veía que tenía cierto tiempo, lo regalaba. El primero se lo dio a su hermana, es decir a la madre de Didier. El segundo, que estaba en un estado esplendido, se lo regaló a Didier cuando cumplió los dieciocho años. Así que con su ayuda nos hicimos con otros dos vehículos.
          
          Didier y yo vivíamos en un barrio muy tranquilo de Courbevoie, una ciudad cercana a París. Delante de nuestro edificio no teníamos ningún problema para dejar los vehículos. Era una calle apacible y la utilizamos de taller. Lo primero que hicimos, con la ayuda de Gino y Abdel, fue aligerar el coche que íbamos a utilizar para la carrera. Después, desmontamos los motores de los otros dos automóviles para tener piezas de recambio. Para que los dos coches desguazados que habíamos dejado no molestaran a los vecinos, los vendimos a precio de chatarra.
          
          Para mejorar el rendimiento del vehículo no era suficiente aligerarlo, así que llevamos todos los motores a rectificar. Además compramos dos carburadores de doble cuerpo Weber 32 DRT, con ello ganamos unos seis caballos y el coche ganó diez kilómetros de velocidad punta. Le pusimos también unos amortiguadores especiales, más altos, se soldó una chapa bajo la parte trasera y delantera para prevenir los golpes. Soldamos un bidón de cien litros que llenamos de combustible para tener una autonomía mucho más larga y pintamos los cristales traseros de negro. Había que amortiguar el efecto del sol del desierto. Para el confort y la seguridad cambiamos los asientos delanteros de serie por los de un Renault cinco bastantes más modernos y envolventes. También cambiamos el volante por uno de competición, así como los retrovisores. No teníamos mucho dinero, así que no cambiamos muchas más cosas.
          
          Pagamos la cuota de inscripción de la carrera y comenzamos a probar el coche por los alrededores, sobre todo en los descampados. Como cada vez que nos veía, la policía venía a importunarnos o ponernos una multa, decidimos dejar nuestras pruebas. En cambio, nos pusimos a entrenarnos para tener un fondo físico mayor del que teníamos.
          
          Cuando la mayoría de la gente estaba celebrando el año nuevo al calor de su casa, nosotros, nos dimos un abrazo los cuatro y volvimos al lado de nuestro vehículo. Comenzó toda la parafernalia de salida y nos montamos al automóvil. Nuestro coche, con el número 202, fue uno de los últimos en salir. Didier se puso a los mandos, era una etapa de transición hasta Gremuses, donde habría un prologo de algo menos de cuatro kilómetros. Nos esperaban unos doce mil kilómetros hasta Dakar, si es que llegábamos.
          
          Didier se empeñó, a pesar de ser peor piloto que yo, en conducir el primer prologo. Entonces, decidimos turnarnos y conducir una etapa cada uno. No se le dio muy bien y terminamos de los últimos, pero para nosotros la carrera consistía en llegar a la meta. Al día siguiente pusimos rumbo a Les Guarrigues, lugar de la segunda especial. Era más larga que la primera y aunque se nos dio mejor tampoco fue un gran éxito. El siguiente día lo pasamos esperando para embarcar. Al fin nos llegó el turno y pasamos a África.
          
          Una sonrisa se dibujó en mi rostro al pisar el continente africano, y es que siempre me había atraído. El cinco de enero, salimos de Argel con destino a Touggourt, los primeros kilómetros en Africa. Con el paso de los días vimos que nuestro coche no era nada competitivo, en cambio, se comportaba bastante bien. Si alguna vez habíamos llegado a pensar que podríamos ganar la carrera, aunque fuera de rebote, ese pensamiento rápidamente se desvaneció. Llegar al final sería más que suficiente.
          
          Seis días más tarde tomamos la salida desde Djanet, uno de los últimos pueblos al sur de Argelia, en poco entraríamos en el Níger por el desierto del Ténéré. Era la primera vez que la carrera entraba en este desierto, llamado también el desierto de los desiertos
. Al poco de entrar en el desierto se levantó un viento increíble, formando una tormenta de arena.
Nuestro dominio de los mapas no era tan alto como debería haber sido y al no ver nada, nos perdimos. Estuvimos dando vueltas hasta que tuvimos una avería, entonces, tuvimos que quedarnos en el sitio. La tormenta duró casi un día entero, en el cual no salimos del vehículo por miedo a perdernos. Cuando vimos que la tormenta había cesado, nos atrevimos a salir del automóvil. Abrimos el capó y nos pusimos a desmontar el motor para encontrar la avería.
          
          Después de mucho buscar, la encontramos y comenzamos a repararla. Llevábamos bastantes horas al sol sin nada de sombra, ni una brizna de aire. Mientras Didier reparaba el motor, me alejé unos metros para aliviar mi vejiga. Al principio miraba al horizonte, pero me pareció que el chorro caía sobre algo duro y eso atrajo mi atención. Bajé la mirada y me quedé de piedra. Terminé de desahogarme y llamé a mi compañero.
   
   - ¡Did! 

Como no me hizo caso volví a llamarlo con más insistencia.
   
   - ¡Did!, ¿quieres venir?
   
   - ¿Qué quieres? - contestó irritado.
   
   - ¡Ven, corre!
   
   - No puedo, estoy muy ocupado. No sé lo que quieres, pero podrías venir a ayudarme.
   
   - ¡No!, tienes que ver esto.
   
   - ¡Pero qué pesado eres! - dijo mientras se limpiaba las manos en un trapo sucio.

Se acercó hasta mí y cuando estuvo a mí altura, preguntó:
   
   - ¿Qué quieres...?

Se quedó mudo al ver lo mismo que yo.
   
   - ¿Qué te parece?
   
   - ¿Pero qué es eso?
   
   - No lo sé, parece un cristal.

          Al orinar había apartado la arena y debajo de ella había aparecido lo que parecía un cristal oscuro. Con el pie aparté un poco más de arena y siguió apareciendo más cristal. Me puse de rodillas y con las manos limpié la arena, una gran porción de cristal apareció. Didier se arrodilló a mi lado y entre los dos descubrimos un gran cristal, tan oscuro que no se veía el interior. Pegué la frente en el cristal y puse las manos a los lados de mi cara intentando crear una zona por la que ver el interior. Pero a duras penas pude ver lo que me pareció ser unos asientos.
   
   - ¿Ves algo? - me preguntó Didier que hacía lo mismo.
   
   - He conseguido ver unos asientos, pero parece como si el cristal se oscureciera aún más para no dejarnos ver el interior.
   
   - Eso me ha parecido a mí también.
   
   - ¿Crees que habrá alguien ahí dentro?
   
   - No sé, primero habría que saber qué coño es esto.
   
   - ¿Lo desenterramos?
   
   - Parece ser grande y nos vamos a tirar un buen rato para desenterrarlo. Además, no podemos entretenernos, hay que reparar el coche.
   
   - ¿Y si lo voy desenterrando mientras terminas de arreglar el vehículo?
   
   - No, necesito tu ayuda.
   
   - ¿Entonces, qué vamos a hacer, dejarlo ahí y ya está?
   
   - De momento sí. No podemos dedicarnos a investigar qué es eso, ¿no crees que sería mejor que nadie se enterara de que lo hemos descubierto?
   
   - Nadie se va a enterar.
   
   - Eso es lo que tú te crees, te recuerdo que no hemos llegado al control debido a la tormenta, lo más probable es que nos estén buscando. ¿Qué haríamos si llegan a nuestro rescate y tenemos el bicho este a medio desenterrar y sin poder esconderlo?
   
   - Tienes razón, terminaremos de reparar el vehículo y esperaremos a que nos encuentren.
   
   - ¡Vamos, a trabajar! - dijo Didier.

Nos pusimos manos a la obra, pero aún tardamos varias horas en terminar de arreglar nuestro coche. Volví a tapar el cristal que habíamos desenterrado y nos pusimos a esperar mientras especulábamos sobre lo que era.
          
          Tuvimos que esperar más de cuatro horas para ver el helicóptero de Thierry Sabine aparecer. Se posó a cierta distancia levantando una nube de arena y Thierry puso pie a tierra. Se acercó a nosotros con preocupación en el rostro.
   
   - ¿Estáis bien? - preguntó.
   
   - Sí - contestó Didier.
   
   - ¿Podéis continuar?
   
   - Sí - dije, - hemos tenido una avería, pero la hemos reparado. ¿Puedes decirnos dónde estamos?
   
   - ¿Tenéis algo para apuntar? 
   
   - Sí - dije señalando a Didier.
   
   - Apunta, veinte grados, siete minutos y sesenta y cinco segundos de latitud norte, once grados treinta y un minutos y cincuenta y nueve segundos de longitud este. ¿Lo tienes?
   
   - Sí, sin problema - contestó Didier.
   
   - Bien, dirigiros directamente a Dirkou, ya no hace falta que paséis por Chirfa. Me voy - dijo Thierry, - aún tengo bastantes corredores por encontrar.

Le hicimos una señal de adiós con la mano mientras se subía al helicóptero.
   
   - ¿Tienes bien apuntada la posición? - pregunté.
   
   - Sí, mira - contestó Didier.

Ojeé el mapa y efectivamente, en el margen tenía los números anotados. Los llevó al mapa y vimos que estábamos a unos doscientos kilómetros de Dirkou y a unos ciento cincuenta kilómetros al oeste de Chirfa, nos pusimos en marcha.
          
          Al llegar a meta nos recibieron como si fuéramos los vencedores de etapa y nos contaron que aún había varios compañeros de aventura desaparecidos por el desierto. Al día siguiente nos dirigimos hacia Agadez, nos esperaba un salto de más de seiscientos kilómetros, fue una auténtica paliza. Al menos la siguiente etapa era corta, sólo ciento quince kilómetros. 
          
          Era ya quince de enero, Didier estaba a los mandos, eran las nueve de la mañana cuando salimos en dirección a Nara en el Malí, teníamos que cruzar parte del antiguo Alto Volta ahora Burkina Faso. La distancia era considerable, cerca de mil seiscientos kilómetros, tardamos casi todo el día en recorrerla. El coche estaba bastante tocado y tuvimos que tirarnos gran parte de la noche cambiando piezas. Total que apenas dormimos un par de horas. A pesar de todo continuamos con la carrera. Al día siguiente entramos en Mauritania y nos pareció que estábamos más cerca de nuestro objetivo. Dos etapas en ese país nos llevarían a Senegal.
          
          Pero la suerte no nos acompañó. Ya habíamos roto uno de los carburadores, en ese momento eso no nos importó teníamos otro de repuesto. Tuvimos el inconveniente de ver el segundo romperse en la etapa de Kaedi, justo cuando íbamos a entrar en el Senegal. Lo desmontamos e intentamos repararlo. Al principio iba bien, aunque parecía que uno de los cuerpos no se abría como debía. Pero unos sesenta kilómetros más adelante se rompió del todo y aunque lo intentamos todo para repararlo, tuvimos que rendirnos. Nos faltaban menos de veinte kilómetros para terminar la especial y unos seiscientos para terminar la carrera. Esa jornada fue muy amarga.

 






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